Hace unos dias pude conocer a Hapiness, la niña que vino al mundo en una patera, y a su madre, una joven de origen nigeriano muy valiente. Podría pasar rato describiendo el cúmulo de sensaciones que inundó mi cuerpo a ver a madre e hija en la cama del hospital, tan solas y tan indefensas. La mirada triste de la joven madre, contrastaba con la carita de niña sana y preciosa de su hija, ajena a todo.
Con este sentimiento aun en la piel, me dispongo a hablar de este drama que tantas páginas de prensa ocupa. Hay que mirar a los ojos de una de esas personas que arriesgan su vida en el mar, hay que hacerlo para no juzgarles.
A veces al dolor de estar lejos de sus seres más queridos, se le añade el hacerlo de una forma impuesta, y no precisamente para tener una vida de sueño. Hay de todo, pero la mayoría no encuentra lo que buscaba cuando decidió iniciar el viaje. Es el caso de muchas mujeres que no viajan solas y que no son libres, sino que lo hacen obligadas por mafias. Viajan extorsionadas y asustadas bajo la amenaza de dar muerte a sus familias. Muchas caen en redes de trata, ya han sido condenadas en vida antes de llegar. No tienen otra opción. Se trata de un viaje de horror, de soledad y de miedo, con maltrato, violaciones, y heridas hasta en el alma.
Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a oír y a ver imágenes crueles. Pero hablamos de vidas humanas, de historias reales, de personas de carne y hueso, pobres y vulnerables, sobre todo las mujeres y los niños.
Para pocas mujeres es una locura decidida sin más, más bien es un trayecto que las marca de por vida. Oímos que son inconscientes, que ponen sus vidas en peligro y también la de sus hijos. Oímos que vienen a robarnos el trabajo, y que se venden por cualquier cantidad.
¿Por qué el hecho de nacer en un lugar u otro debe condenar a la extrema pobreza a unos y dar el derecho al acceso de la sociedad del bienestar a otros?
Paradójicamente, las personas más humildes que conozco, son las que muestran más sensibilidad, a pesar de sus propios problemas.
Vaya por delante, mi agradecimiento a esa ciudadanía solidaria, responsable, humana, sensible y comprensiva, con éste y con otros problemas sociales de un mundo que pertenece a todos y a todas, independientemente de donde se haya nacido.
